Acerca
“Cansado de ver el sufrimiento de España, con que ha dejado pasar sin castigo tantas calumnias de extranjeros, quizá despreciándolas gravemente, y viendo que, desvergonzados nuestros enemigos, lo que perdonamos modestos juzgan que lo concedemos convencidos y mudos, me he atrevido a responder por mi Patria y por mis tiempos…”
(Francisco de Quevedo y Villegas)
Quizá por algo muy parecido al sentimiento que embargó a Quevedo en su día, sentí la obligación de salir del anonimato y tomar las letras en defensa de España y de un orden social más justo. Mucha culpa de todo ello tuvieron tres personas: Vintila Horia, Isidro Juan Palacios y José Javier Esparza. A los tres los conocí a mis veinte años. Los tres me marcaron de por vida. Y de los tres aprendí mucho más de lo que yo pudiera siquiera transmitir.
España se encuentra, por enésima vez en su Historia, en grave riesgo de desaparecer. Y aunque en anteriores ocasiones ha sabido encontrar hombres, mujeres, tiempo y coraje para recobrar su identidad, la sensación de abismo que lleva unos años sintiéndose no deja de crecer.
La desigualdad entre sus territorios, la insolidaridad, el olvido de la Historia, la catástrofe educativa y, por encima de todo, el cáncer del relativismo –que, común en Europa, ha hecho especial mella en España-, no encuentra respuesta en la juventud española de una forma decidida que permita albergar esperanza de solución a corto plazo.
Se impone, por ello, la intervención. Y la memoria –en mí- de los regeneracionistas del 98 es obligada. Por su carácter transversal. Por su procedencia desde todos los rincones de España. Por su capacidad de soñar un futuro muy distinto al presente alicorto y amargo.
Cultura y acción política. Hasta octubre de 2004 en mí fue la acción cultural. Desde mis inicios en la Revista “Punto y Coma” en los años 80, a la legendaria “Hespérides” no he dejado de pensar qué nos ocurre y porqué. Traspasado aquél umbral de un acto político al que tuve la fortuna de asistir, ambas cosas, cultura y acción política, han ido en el mismo camino.
No me propongo ni aspiro a ser cabeza ni referencia de nada. Quizá tan sólo, si mis escritos, ensayos o discursos pueden ayudar a hacer de España un lugar del que muchos nos volvamos a sentir orgullosos y nos reconozcamos en él, podré sentir que he cumplido una vocación que, un día, me hizo compaginar mis obligaciones familiares, mi Bufete, con la llamada que sentí de formar parte de algo que debemos transmitir con alegría a nuestros hijos.
Si así hubiera sido, daría por cumplida mi vida y me reconciliaría con mis antepasados. Desde la Hispania Romana, a la Visigoda; desde los reductos de Asturias a las Navas de Tolosa; desde Lepanto hasta Rocroi; desde Cartagena de Indias hasta Cuba.
Merecemos mucho más, porque fuimos (dándolo todo) mucho más.