Polonia: una reflexión sin tiempo
El trágico accidente ocurrido en territorio ruso nos ha retrotraído a muchos al escenario de Katyn de forma inequívoca. Quienes viajaban en ese avión –la élite de la nación polaca, militares, diplomáticos, y clase dirigente del Estado- no iban a Smolensko a un acto sin significado. Acudían a rezar por los compatriotas caídos en uno de los más viles asesinatos colectivos que se practicaron en la segunda guerra mundial.
Son ahora algunos medios –siempre después de que el interesado ha muerto, como ocurrió con Haider o Fortuyn- quienes están manifestando que Kaczynski era el líder que nunca pidió perdón por ser de derechas.
Lejos quedan las críticas a un político que no ha sido sino el último Presidente católico de una nación europea. Un Presidente al que se le acusó de bloquear la Unión, y de no aceptar la común legislación abortista que ha invadida como un cáncer todo Occidente.
De todo lo ocurrido, quizá lo que permanezca en el corazón de muchos polacos y católicos europeos sea la imagen de un gobierno que acudía para rezar sobre los muertos en unión de la Nación que fue responsable de aquel genocidio.
Sobre los bosques de Smolensko y los restos humeantes de la catástrofe, yo no podía dejar de pensar en España. Y en su Ley de Memoria Histórica. Y en que, algún día, tendremos un Gobierno que, como el polaco, o como Lincoln, nos convoque y reúna a los españoles en un lugar significado y pronuncie las palabras de aquel Presidente americano:
“Hemos venido a consagrar un rincón de este campo de batalla como el último lugar de reposo de aquellos que han dado su vida a fin de que la nación pudiese vivir: nuestro deber y las conveniencias nos lo mandaban. Pero nos es imposible consagrar o santificar plenamente el terreno que tenemos aquí. Los valientes, vivos o muertos, que han luchado en él, lo han consagrado tan perfectamente que nuestros débiles medios son impotentes para añadir nada a su obra. El mundo no recogerá apenas ni recordará mucho tiempo lo que nosotros decimos aquí; pero no podrá olvidar lo que estos hombres aquí hicieron. Corresponde a nosotros, los vivientes, consagrarnos a la obra inacabada que los que noblemente han combatido en este sitio llevaron tan lejos. Corresponde a nosotros consagrarnos a la gran tarea que nos queda por cumplir. Que el ejemplo de estos gloriosos muertos redoble nuestra abnegación a la causa por la cual ellos han realizado el supremo sacrificio. Juramos aquí que estos muertos no han perecido en vano, a fin de que este país, con la ayuda de Dios, renazca a la libertad, y que el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo, no desaparezca de este mundo”
Sólo el día que los españoles, como los polacos o los americanos a los que Lincoln rindió estos honores, sepamos enunciar, sin complejo y sin miedo un discurso de estas características, podremos mirar con orgullo al futuro.
Mientras tanto, ni con esta izquierda hundida en el odio, ni con la oposición hundida en la corrupción y sin resortes morales para proponer un futuro digno y limpio, podremos pasar página.
Lejos de las fosas anónimas, de aquellos paseos al amanecer, del horror de Paracuellos, de quienes todavía gritan “vencimos y venceremos” y agitan símbolos añejos, hay otro lugar. El lugar de la reconciliación, la piedad y la verdad.
El día que nos coloquemos juntos los españoles para rezar, en silencio o en voz alta, juntos, todos juntos, sobre nuestros muertos, todos los muertos, expresamente todos los muertos, la Bandera ondeará con limpieza para nuestros hijos y todos podremos sentirnos orgullosos de pertenecer a esta Nación milenaria llamada España.