Se llama Eugenio
Se llama Eugenio. Todos los días veo su figura sentada a la entrada del centro comercial. Encorvado. Pasa de los 60 años. Es rumano. Le acompaña siempre un Cristo en la Cruz de madera de medio metro que coloca en el suelo con otras imágenes de la Divina Misericordia. Eugenio siempre sonríe y te da los buenos días o las buenas noches. Lo acompaña siempre con un “señor” respetuoso. Nunca ha implorado nada. Sólo te pide la voluntad. Desde días atrás su cuerpo está más delgado. Su rostro más enjuto y su mirada más preocupada. Hoy, al entrar, me saludó mientras le vi hablando por un teléfono móvil. Al salir, me habló (nunca habíamos cruzado, más allá de los saludos protocolarios al dejarle yo algunas monedas sueltas, conversación alguna). Se trataba de su hijo. Está ingresado en el Hospital de la Princesa. Le han tenido que amputar dos dedos por la gangrena.
Yo, más allá de la escucha formal, me intereso por primera vez por la vida de ese hombre que hoy, con su crucifijo en el suelo (que interroga a todo el que le mira), me ha pasado por el lado. Y me cuenta. Y me dice que él era carnicero. Y soldador. Y que tenía una casa en Rumania. Y que lo vendió, ante la falta de futuro provechoso, para venirse a España.
Eugenio me dice que no come apenas. Que las limosnas que recoge no superan los 6-7 euros. Que nadie le da más allá de las vueltas de la compra (20-40 céntimos). Que le echarán en días de la habitación alquilada donde vive porque no tiene los 50 euros que le faltan para pagar ése mes.
Y yo pienso en el frío.
Y entonces, me cuenta la causa del ingreso de su hijo. De las amputaciones que le han tenido que hacer a su hijo. El frio fue el autor. Pobre. Miserable como su padre, dormía en un coche viejo y abandonado. Se le congeló el cuerpo sin abrigo, calor ni consuelo.
Entonces Eugenio me dice: “Ya no me quedan lágrimas. Ya no sé qué hacer.”. Y veo sobre su rostro curtido de europeo del este, surcar regueros de agua que aguantaba con dignidad para no mostrarlos a nadie.
Eugenio me susurra: “Quizá pronto ya no esté aquí. Tengo una piedra en mi riñón. Fuego en mi estómago. Sigo aquí porque “Él” me consuela y da fuerzas. Pero…¿sabe? Muchos son los que hasta evitan mirarme para contestar mis “buenos días”.
Me pesan los brazos. Me hierve la sangre. Y miro al Cristo y siento su voz que dice “tengo sed”. Y doy gracias a Eugenio por testimoniarme la figura de quienes, muchos, quieren retirar de todo rincón, de toda plaza, de toda escuela. Y de sus lágrimas encuentro, en las mías propias, una fuerza sencilla para consolarle y despedirme de él.
El viento helado se llevaba mis lágrimas. Eugenio me añadió antes de separarnos: “Vd. es idéntico a un vecino y amigo que teníamos en Rumania. Se llamaba… Gabriel.”
Eugenio seguía sentado, con su Cruz, su manta en las piernas. Pensando en los dedos que ya no tiene su hijo.
Y yo, me alejaba de él, pensando en el Cristo al que Eugenio nunca renunciaría. Pensando en el Arcángel Gabriel. Que anunció a María daría a luz a un niño al que pondría de nombre Jesús.